jueves, 27 de julio de 2017

Bomílcar (siglo II a. C.)

Bomílcar (siglo II a. C.)

Bomílcar fue un noble númida y uno de los mayores seguidores del rey Yugurta, al que finalmente traicionó.
Amigo íntimo de Yugurta y depositario de una inmensa confianza, Bomílcar fue utilizado como agente secreto. Sobre todo, cuando Yugurta se encontraba en Roma en 108 a. C.Bomílcar asesinó al Príncipe Massiva, que se encontraba en Roma con el fin de presionar al Senado para que le declarara rey de Numidia. Massiva era nieto de Masinisa y por tanto uno de los principales rivales de Yugurta al trono. El asesinato fue descubierto y se acusó de cometerlo a Bomílcar, al que se encerró para que compareciera en un juicio. Sin embargo, antes de que se celebrase, Yugurta le rescató y le trajo a Numidia.1
Al año siguiente, cuando estalló la Guerra de Yugurta, comandó una parte del ejército númida y fue derrotado por Publio Rutilio Rufo en la Batalla de Muthul. Durante el invierno de ese mismo año, el general romano al cargo del frente, Quinto Cecilio Metelo el Numídico,2​ lo abrumó con promesas de favorecerle si entregaba a Yugurta, vivo o muerto. Bomílcar aceptó entusiasmado ante la posibilidad de coronarse rey de Numidia, al mismo tiempo aconsejó a su rey que enviara a Metelo ofertas de rendición.3
Debido a este consejo, el rey comenzó a sospechar de su hasta entonces más leal súbdito y lo ejecutó por traición al descubrir la conspiración contra él por el agente o secretario de un noble que participaba en la misma; el noble, llamado Nabsalda, también fue probablemente asesinado.4

martes, 25 de julio de 2017

TODAS LAS FRASES DE PUBLIO PAPINIO ESTACIO





- "El recuerdo de aquel día me invita a acallar tu desgracia con mi canto. El lamento que ahora te ofrezco fue un día mi propio lamento.” 

-“Otro en desnudo altar incienso ofrece no menos de los dioses recibido; que mucho un limpio corazón merece, y siempre de los dioses es oído."

 -“¿Qué pena, qué castigo habrá que cuadre a éste, de los hombres monstruo fiero, temerario homicida de su padre, aunque de su corona el heredero?"

-“El torpe miedo vuela, el suelo cubre silencio, obscuridad, horror y espanto; y ya con ronco son, confusa y ciega, la tempestad amenazando llega."





- “¿Quién abrió una ruta por el mar virgen y fuera del alcance de los desgraciados mortales, quién exiló hacia las olas a los piadosos hijos de la tierra firme y los arrojó al voraz piélago, con audaz inventiva?"

- “El lugar del palacio más oculto están los sacerdotes ocupando, y en los altares, con divino culto, está el fuego sagrado humeando, en otra parte el mujeril tumulto la deseada fiesta celebrando, con mayor gravedad y más decoro hace (corona casta) alegre coro."



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TODAS LAS FRASES DE PUBLIO PAPINIO ESTACIO

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Frases de Publio Papinio Estacio
“Ningún ruido en las ciudades ni en el campo oía; sólo se hace de la tierra dueño, lleno de olvido y de silencio el sueño.” 
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“Otro en desnudo altar incienso ofrece no menos de los dioses recibido; que mucho un limpio corazón merece, y siempre de los dioses es oído.” 
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[Etiqueta: bondad, dioses]
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[Etiqueta: jerarquía, mundo]
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[Etiqueta: casta, riqueza]
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“El vulgo a sus reyes no perdona si una vez pierde el miedo y la vergüenza del nuevo rey a murmurar comienza.” 
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[Etiqueta: desvergüenza, pueblo, reyes, rumores]
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“El miedo fue lo primero que dio en el mundo nacimiento a los dioses.” 
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[Etiqueta: dioses, miedo]
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“Si la inocencia, pues, a nadie excusa, a ejecutar comienza tu deseo.” 
PUBLIO PAPINIO ESTACIO





domingo, 16 de julio de 2017

ESPARTA

Para darnos cuenta del régimen de vida en aquella sociedad, en Esparta sólo dos personas podían tener una lápida con su nombre: « un hombre que moría en
combate y una mujer que moría durante el parto. Los dos actos se consideraban
dar la vida por el Estado. El parto y la educación de los hijos no eran asuntos de
la familia, ni de un individuo, sino del Estado» , explica David George. Mientras
que los bebés fuertes sobrevivían, muchos de los hijos de estos guerreros
perecieron, convencidos sus verdugos de que no lograrían sobrevivir al programa
de adiestramiento espartano, cuy o objetivo era transformarlos en máquinas de
matar.




Una de las pruebas finales de todo joven espartano consistía en introducirse en el barracón de un ilota (esclavo) durante la noche y asesinarlo. « Cada cultura, a lo largo de toda la historia, tiene su propia versión del rito masculino de iniciación. En la sociedad espartana, uno no se convertía en un hombre hasta que estrangulase a alguien hasta matarlo» , explica Richard A. Gabriel. Sin embargo, la clave de este ritual no era el asesinato en sí. « Tenían que hacerlo sin que los descubriesen. El objetivo de esta práctica era adiestrarlos en el arte de la evasión, el arte de ser un buen soldado, el arte de ser sigiloso. Así que si los descubrían eran castigados severamente» , añade.

jueves, 13 de julio de 2017

PROCLO DE BIZANCIO

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·                    "Dondequiera que haya un número está la belleza."

·                    "Las almas grandes se inician por sí mismas. Estas almas se salvan, según el oráculo de Delfos"


·                    "Esto, por tanto, es matemáticas; te recuerda la forma invisible del alma; da luz a sus propios descubrimientos; despierta la mente y purifica el intelecto; ilumina nuestras ideas intrínsecas; elimina el olvido y la ignorancia que nace con nosotros."

viernes, 7 de julio de 2017

LOS PRIMEROS REYES DE ROMA Y LOS PRIMEROS ROMANOS AGRICULTORES

LOS PRIMEROS REYES DE ROMA Y LOS PRIMEROS ROMANOS AGRICULTORES

Cuando Rómulo murió, muchos años después de haber enterrado a Tito Tacio, los romanos dijeron que el dios Marte le había raptado para conducirle al cielo y transformarle en dios, el dios Quirino. Y como a tal le veneraron a partir de entonces, como hacen hoy los napolitanos con san Genaro.

Le sucedió, como segundo rey, Numa Pompilio, al que la tradición nos describe como mitad filósofo y mitad santo, como lo fue, varios siglos después Marco Aurelio. Lo que más le interesaba eran las cuestiones religiosas. Y dado que en esta materia debía de existir una gran anarquía porque cada uno de los tres pueblos veneraba a sus propios dioses, entre los cuales no se alcanzaba a comprender cuál era el más importante, Numa decidió poner orden. Y para imponer este orden a sus rencillosos súbditos, hizo cundir la noticia de que cada noche, mientras dormía, la ninfa Egeria iba a visitarle en sueños desde el Olimpo, para transmitirle directamente las instrucciones para ello. Quien hubiese desobedecido, no era el rey, hombre entre los hombres, que habría tenido que habérselas, sino con el padre eterno en persona.


Sin embargo, también en esta leyenda acaso hay un fondo de verdad, o, al menos, una indicación que nos permite reconstruirla. Hayan sido los que fueren sus nombres y sus orígenes, los de la antiquísima Roma, más que verdaderos reyes debieron de ser papas, como por lo demás lo era el «arconte Basileo» en Atenas.

En aquellos tiempos, todas las autoridades se apoyaban ante todo en la religión. El poder del mismo paterfamilias, o jefe de casa, sobre la esposa, los hermanos menores, los hijos, los nietos y los siervos, era más que nada el de un sumo sacerdote a quien el buen Dios había delegado ciertas funciones. Y por esto era tan fuerte. Y por esto las familias romanas eran tan disciplinadas. Y por esto cada cual asumía los propios deberes y los cumplía en la paz y en la guerra.

Numa, al establecer un orden de prioridad entre los varios dioses que cada uno de los distintos pueblos que la formaban se habían traído a Roma, realizó tal vez una obra política fundamental: la que después permitió a sus sucesores, Tulio Hostilio y Anco Marcio, conducir el pueblo unido a las guerras victoriosas contra las ciudades rivales de la región. Mas como poderes políticos auténticos, no debían de tener muchos, porque los más grandes y decisivos permanecían en manos del pueblo que les elegía y ante el cual tenían siempre que responder.

Esto, de por sí, no significaría nada, porque en todos los tiempos y bajo cualquier régimen quien manda dice que lo hace en nombre del pueblo. Mas en Roma no se trató de palabrerías, al menos hasta la dinastía de los Tarquinos, los cuales, por lo demás, perdieron el trono precisamente porque quisieron quedarse sentados como dueños en vez de como «delegados». Y la división del mando estaba hecha aproximadamente así.

La ciudad estaba dividida en tres tribus: la de los latinos, la de los sabinos y la de los etruscos. Cada tribu estaba dividida en diez curias o barrios. Cada curia, en diez gentes, o manzanas de casas y cada una de éstas, en familias. Las curias se reunían generalmente dos veces al año, y en estas ocasiones celebraban el comicio curiado, que entre otras cosas se ocupaba también de la elección del rey cuando uno moría. Todos tenían igual derecho a voto. La mayoría decidía. El rey desempeñaba su cargo.

Era la democracia absoluta, sin clases sociales, la cual funcionó mientras Roma fue un pequeño y pacífico villorrio habitado por poca gente que raramente asomaba la cabeza fuera de los muros. Después, los habitantes aumentaron y aumentaron también las exigencias. El rey, que antes, además de decir la misa, o sea celebrar las sacrificios y los otros ritos de la liturgia, debía aplicar también las leyes, o sea actuar de juez, ya no tuvo tiempo para asumir todos estos cometidos y comenzó a nombrar «funcionarios» a quienes encomendárselos. Así nació la llamada «burocracia». El que había sido ante todo un sacerdote, se torna obispo y designa párrocos y curas que le ayudan en las funciones religiosas. Después necesita también de quien provea a los caminos, al censo, al catastro, a la higiene y nombra personas competentes que se ocupen de esos asuntos. Así nace el primer «ministerio»; el llamado Consejo de los Ancianos o Senado, constituido por un centenar de miembros que eran descendientes, por derecho de primogenitura, de los pioneros venidos con Rómulo a fundar Roma y que, al principio, tan sólo tienen la misión de aconsejar al soberano, pero que después se tornan más influyentes.

Y por fin nace, como organización estable, el ejército, basado a su vez sobre la división en las treinta curias, cada una de las cuales había de proporcionar una centuria, o sea cien infantes, y una decuria, o sea diez jinetes con sus caballos. Las treinta centurias y las treinta decurias, o sea tres mil trescientos hombres, constituían juntas la legión, que fue el primero y el único cuerpo de ejército de la antiquísima Roma. Sobre los soldados, el rey, que era su comandante supremo, tenía derecho de vida o de muerte. Mas tampoco este poder militar lo ejerce de manera absoluta y sin control. Dirige las operaciones, pero después de haber pedido consejo al comido centuriado, o sea a la legión en armas, cuya aprobación solicita también para el nombramiento de los oficiales que en aquellos tiempos se llaman pretores.

En suma, todas las precauciones habían sido tomadas por los romanos para que el rey no se convirtiese en un tirano. Tenía que quedarse en «delegado» de la voluntad popular. Cuando una bandada de pájaros pasaba por los aires o un rayo partía un árbol, era deber suyo reunir a los sacerdotes, estudiar con ellos lo que querían decir aquellos signos, y, si le parecía que significaban algo no muy bueno, decidir qué sacrificios había que hacer para aplacar a los dioses, evidentemente ofendidos por algo. Cuando dos particulares litigaban entre sí y acaso uno robaba o degollaba al otro, no era asunto suyo ocuparse de ello. Mas si uno cometía algún delito contra la comunidad o el Estado, entonces se lo hacía conducir a su presencia por unos guardianes y tal vez le condenaba a muerte. Por lo demás, no podía tomar decisiones. Tenía que pedirlas en tiempo de paz a los comicios curiados y en tiempos de guerra a los centuriados. Si era astuto, lograba, como todavía ocurre hoy, presentar como «voluntad del pueblo» la suya personal. De lo contrario, tenía que soportarla. Mas siempre tenia que rendir cuentas, para ejecutarla, al Senado.

Tal era la ordenación que el primer rey de Roma, haya sido o no Rómulo, y fuese la que fuere la raza a la que pertenecía, dio a la Urbe. Y tal fue la que su sucesor Numa dejó a su sucesor Tulio Hostilio, que era de temperamento mucho más vivaz.

Éste llevaba en la sangre la política, la aventura y la codicia. Pero el hecho de que el comicio le hubiese elegido precisamente a él por soberano, significaba que, tras los cuarenta años de paz que le asegurara Numa, toda Roma tenía muchas ganas de pegar puñetazos. De los burgos y ciudades que la circundaban, Alba Longa era la más rica e importante. No sabemos qué pretexto escogió Tulio para declararles la guerra. Tal vez ninguno. Mas ocurrió que un buen día los atacó y las arrasó, por bien que la leyenda haya transformado aquel acto de fuerza en un acto caballeroso y casi simpático. Dícese, en efecto, que ambos ejércilos remitieron la suerte de las armas a un duelo entre tres Horacios romanos y tres Curiacios albalonganos. Éstos mataron a dos Horacios. Pero el último, a su vez, les mató a ellos y decidió la guerra. Permanece el hecho de que Alba Longa fue destruida y su rey atado por las dos piernas a dos carros que, lanzados en dirección opuesta, le despedazaron. Así fue como Roma trató a la que consideraba como su madre patria, la tierra de donde decía que sus fundadores habían venido.

Naturalmente, el advenimiento debió de alarmar un poco a todas las demás poblaciones de la región que, no habiendo experimentado la influencia etrusca, se habían quedado atrasados en el llamado progreso y, por tanto, se sentían más débiles y estaban peor armadas que los romanos. Tulio Hostilio y su sucesor Anco Marcio, que siguió el ejemplo, buscaron camorra un poco con todas ellas.

Para concluir, el día en que fue elevado al trono Tarquino Prisco como quinto rey, Roma era ya el enemigo público número uno de aquella región cuyos límites no se conocen con exactitud, pero que debía de extenderse aproximadamente hasta Civitavecchia al Norte, hasta cerca de Riti al Este y hasta Frosinone, al Sur.

Ahora bien, es muy probable que esa política de conquista, destinada a tornarse aún más agresiva con los tres últimos reyes de la dinastía Tarquina, fuese de inspiración sobre todo etrusca. Y esto por un simple motivo: que, mientras latinos y sabinos eran agricultores, los etruscos eran industriales y comerciantes. Cada vez que estallaba una nueva guerra, los primeros tenían que abandonar sus tierras, dejándolas arruinar para enrolarse en la legión y arriesgaban perderlas si el enemigo vencía. Los segundos, en cambio, llevaban siempre las de ganar: aumentaban los consumos, llovían los «pedidos» del gobierno y, en caso de victoria, conquistaban nuevos mercados. En todos los tiempos y en todas las naciones ha sido siempre así; los habitantes de las ciudades quieren las guerras contra la voluntad de los campesinos que, además, tienen que hacerlas. Cuanto más se industrializa un Estado, más ventaja saca la ciudad al campo y más aventurera y agresiva se torna su política.

Hasta el cuarto rey, el elemento campesino prevaleció en Roma y su economía fue sobre todo agrícola. Aquellos tres mil trescientos hombres que constituían su ejército nos demuestran que la población total debía ascender a unas treinta mil almas, de las cuales la mayor parte estaba seguramente diseminada en el campo. En la ciudad propiamente dicha debió de estar, poco más o menos, la mitad, que a la sazón se había desparramado desde el Palatino sobre las demás colinas. La mayor parte de ellos vivían en cabañas de barro construidas confusa y desordenadamente, con una puerta para entrar en ellas, pero sin ventanas y una sola estancia donde comían, bebían y dormían todos juntos, papá, mamá, hijos, nueras, yernos, nietos esclavos (quien los tenía), gallinas, asnos, vacas y cerdos. Por la mañana, los nombres bajaban al llano para labrar la tierra. Y entre ellos estaban también los senadores que, como todos los demás, uncían sus bueyes y sembraban la simiente o segaban las espigas. Los chicos les ayudaban, pues la labor del campo era su única y verdadera escuela, su único y verdadero deporte. Y los padres aprovechaban la ocasión para enseñarles que la semilla sólo daba buen fruto cuando el cielo mandaba agua y sol en justas dosis sobre la gleba, solamente cuando los dioses lo querían; que los dioses sólo querían cuando los hombres había cumplido sus deberes para con ellos; y que el primero de estos deberes consistía en la obediencia de los jóvenes a los viejos.

Así crecían los ciudadanos romanos, al menos los de ascendencia latina y sabina, que debían de constituir la mayoría. La higiene y el cuidado de la propia persona debían estar reducidos al mínimo, incluso para las mujeres. Nada de afeites, nada de coqueterías, poca o ninguna agua, que las mujeres tenían que ir a buscar abajo y traer en ánforas puestas sobre la cabeza. No había retretes ni cloacas. Se hacían las necesidades puertas afuera y allí se dejaban. Barbas y cabello crecían descuidadamente. En cuanto al vestir, no hagáis caso de los monumentos, que, por lo demás, pertenecen a épocas mucho más recientes, cuando Roma poseía una verdadera industria textil y una categoría de sastres evolucionados, que en su mayor parte eran de origen y de escuela griegos. En aquellos tiempos lejanos, la toga, que después adquirió tanta grandiosidad, o no había nacido aún o estaba reducida a su aspecto más elemental. Tal vez se parecía a la túnica que actualmente llevan los abisinios un pingajo blanco, tejido en casa por las esposas e hijas con lana de oveja, con un agujero en medio para pasar la cabeza. Pocos tenían una de recambio. En general llevaban siempre la misma, en verano y en invierno, de día y de noche, imaginad con qué consecuencias.

No se privaban de ningún placer, ni siquiera de los de la mesa. Contra las teorías de los modernos científicos americanos, según los cuales la fuerza de un pueblo es condicionada por su consumo de calorías y vitaminas, que a su vez es condicionado por la variedad de alimentos, los romanos demostraron que se puede conquistar también el Mundo comiendo tan sólo un amasijo mal cocido de agua y harina, dos aceitunas y un poco de queso, regado solamente los días de fiesta con un vaso de vino. El aceite parece ser que llegó más tarde y al principio sólo lo usaron para untarse la piel, en defensa de las quemaduras del frío y de las del sol. Lo que debía aumentar no poco el hedor general.

A este régimen no escapaba siquiera el rey, que tan sólo con la dinastía de los Tarquino tuvo un uniforme, un yelmo e insignias especiales. Hasta Anco Marcio, fue igual entre los iguales, también aró la tierra detrás de bueyes uncidos al yugo, sembró la simiente y segó la espiga. No parece ser cierto que tuviese un palacio o por lo menos una oficina. Sí, en cambio, que andaba entre la gente sin una escolta de protección porque, de haber tenido una, todos le habrían acusado de querer reinar por la fuerza en vez de con el consenso del pueblo. Las decisiones las tomaba bajo un árbol, o sentado a la puerta de su casa, tras haber oído las opiniones de los ancianos que formaban círculo a su alrededor. Subía a la cátedra y tal vez también vestía un traje especial, sólo cuando tenía que realizar un sacrificio o celebrar alguna otra ceremonia religiosa.

Tampoco los romanos iban a la guerra con algo que semejase una organización militar propiamente dicha. El pretor que mandaba la centuria o la decuria no tenía insignias de grado. Las armas eran sobre todo garrotes, piedras y toscas espadas. Hizo falta tiempo antes de que se llegase al yelmo, al escudo y a la coraza, invenciones que entonces debieron de hacer el efecto que en nuestros días hicieron la ametralladora y el tanque. Así pues, las grandes campañas que Roma emprendió bajo sus primeros y belicosos reyes debieron de semejar más que nada expediciones punitivas y resolverse en grandes matanzas de hombre contra hombre, sin asomo de táctica y de estrategia. Los romanos las ganaron no tanto porque eran los más fuertes, cuanto porque eran los más convencidos de que su patria había sido creada por los dioses para realizar grandes empresas y que morir por ella constituía no un mérito, sino solamente el pago de una deuda contraída en el momento de nacer.

El enemigo una vez batido, cesaba de ser un «sujeto» para convertirse solamente en un «objeto». El romano que lo había hecho prisionero le consideraba como una cosa propia: si estaba de mal humor, lo mataba; si estaba de buen humor, se lo llevaba a casa como esclavo y podía hacer de él lo que quisiera: matarlo, venderlo, obligarlo a trabajar... Las tierras eran requisadas por el Estado y cedidas en arriendo a los súbditos. Con mucha frecuencia se destruían las ciudades y se deportaba a sus moradores.

Con estos sistemas, Roma creció a expensas de los latinos del Sur, de los sabinos y de los ecuos al Este, y de los etruscos al Norte. En el mar, del que distaba pocos kilómetros no osaba aventurarse porque todavía no tenía una flota y su población campesina desconfiaba de él por instinto. Bajo Rómulo, Tito Tacio, Tulio Hostilio y Anco Marcio, los romanos fueron «rurales» y su política «terrestre».

Fue el advenimiento de una dinastía etrusca lo que cambió radicalmente las cosas, tanto en la política interior como en la exterior.




LOS PRIMEROS REYES DE ROMA Y LOS PRIMEROS ROMANOS AGRICULTORES, INDRO MONTANELLI, TITO TACIO, QUIRINO, NUMA POMPILIO, MARCO AURELIO, EGERIA, TULIO HOSTILIO, ANCO MARCIO, RÓMULO, ALBA LONGA, HORACIOS, TARQUINO PRISCO,



Philogelos

Philogelos

El Philogelos (en griego antiguo Φιλόγελως, ‘amante de la risa’) es la recopilación de chistes más antigua conservada.
Está escrita en griego y el lenguaje usado indica que pudo haberse elaborado en el siglo IV, según William Berg.1 Se atribuye a Hierocles y Filagrio, sobre quienes se sabe poco.2Debido a que en el chiste 62 se menciona la celebración de los mil años de Roma, quizá la recopilación date de una fecha posterior a este suceso del 248 d. C.3 Aunque es la colección de chistes más antigua conservada, se sabe de otras anteriores. Ateneo cuenta que Filipo II de Macedonia pagó para que un club social de Atenas escribiese los chistes de sus miembros, y a principios del siglo II a. C. Plauto puso por dos veces a un personaje a mencionar libros de chistes.2
La recopilación contiene 265 chistes categorizados por temas tales como profesores y alumnos, o intelectuales y tontos.4
La recopilación ha sido publicada como un libro electrónico multimedia en línea, titulado Philogelos: The Laugh Addict, en el que Jim Bowen narra las traducciones de William Berg de los chistes.1

jueves, 6 de julio de 2017

FRASES DE ULPIANO





Confessus pro iudicato habetur - El confeso se tiene por juzgado (Término jurídico que parece proceder de una disposición del emperador Marco Aurelio (s.II), al que alude Domicio Ulpiano en Digesto 42,1,56 )
Dolo malo non videtur habere qui suo iure utitur - No se ve que tenga mala intención quien usa de su derecho (Término jurídico de Ulpiano Digesto 43,29,3,2 )





Invitus nemo rem cogitur defendere - Nadie será forzado a defender el objeto (Domicio Ulpiano, jurista romano Digesto 50,17,156 -)




Iuris praecepta haec sunt: honeste vivere, alterum non laedere, suum ciuque tribuere - Los mandatos del derecho son éstos: vivir honradamente, no molestar a los demás, dar a cada cual lo suyo (Término jurídico de Ulpiano - Digesto 1, 1, 10 )




Ius reipublicae pacto mutari non potest - El derecho público no puede ser cambiado por pacto de particulares (Término jurídico - Domicio Ulpiano Digesto 50,8,2,8 - )

Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi - La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho (Término jurídico - Es la definición de Justicia de Dominicio Ulpiano, Jurista Romano del siglo III ) - Se atribuye a Platón, filósofo griego )




Mores sunt tacitus consensus populi longa consuetudine. inveteratus - Las costumbres morales son un tácito acuerdo del pueblo arraigado tras una larga práctica - (Domicio Ulpiano, Jurista Romano - Los romanos utilizaban este término equivalente al término consueto [costumbre].

Nam cum iudicatur rem meam esse, simul iudicatur illius non esse - (Término jurídico - Ulpiano, jurista romano Digesto 3,3,40,2 )




Nam, ut eleganter Celsus definit, ius est ars boni et aequi - Como Celso definió elegantemente, el derecho es el arte de lo bueno y lo justo (Término jurídico - Domicio Ulpiano - La frase "Ius est ars boni et aequi" pertenece a Celso hijo (s.I) Digesto 1,1,1 Domicio Ulpiano la recogió - )

Nemo alieno nomine lege agere potest - Nadie ajeno (a la causa) puede actuar en nombre de la ley (Término jurídico - Domicio Ulpiano, 50,17,123 )

Nemo plus iuris ad alium tranferre potest, quam ipse habere - Nadie puede transmitir a otro más derecho que el que él mismo tenga (Término jurídico - Domicio Ulpiano - Digesto, 50, 17, 54 - )




Nihil consensui tam contrarium est, quam vis atque metus: quem comprobare contra bonos mores est - Nada hay tan contrario al consentiento como la violencia y el miedo, de tal modo que dar por válido un consentimiento viciado sería opuesto a las buenas costumbres (Término jurídico - Domicio Ulpiano, - Digesto, 50, 17, 116 pr )

Per sententiam non debet servitus constitui sed quae declarari - No debe establecerse un (nuevo) derecho por la sentencia, sino el que se ha declarado (Domicio Ulpiano, Digesto 8,5,84 -)

Quod si dolo possesoris fugerit dammandum eum, quasi possideret - Porque si por dolo del poseedor se hubiese perdido (el objeto), seguirá demandado como si lo poseyera (Término jurídico de Domicio Ulpiano, Digesto 6.1,22 -)




Res iudicata pro veritate accipitur - La cosa juzgada se tiene por cierta (Término jurídico - Ulpiano Digesto 1,5,25 -)

Sed cum ambo iudicium provocat, sorte res discerni solet - Pero cuando ambos provocan el juicio, suele decidir la suerte (Término jurídico - Se refiere a fueros diferentes) Domicio Ulpiano Digesto 5,1,14 - )
Ultra posse nemo obigatum - Nadie está obligado a lo imposible (Término Jurídico - Dictum de Ulpiano -)
Vim vi reppelere licet - Es lícito repeler la fuerza con la fuerza (Aforismo romano, que el jurista Domicio Ulpiano atribuye al senador Cassius (85-42 a.C) - Digesto 43,16,3,9 - Gracias: )



EL TRIBUNAL ROMANO

sábado, 1 de julio de 2017

FRASES DE PERSONAJES DE LA ANTIGUEDAD




-Entre hombre y hombre no hay gran diferencia. La superioridad consiste en aprovechar las lecciones de la experiencia.


-La mujer es algo mientras que el hombre no es nada.

-Hombres ilustres tienen por tumba la tierra entera.

-Recordad que el secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad, en el coraje.



Frase célebre de Boecio sobre Dios

Boecio, Dios
Frase célebre de Boecio sobre la nobleza
Si algo bueno tiene la nobleza, es esto solamente: el que impone sobre los que son nobles la necesidad de no desmerecer de la virtudes de ...
Boecio, Nobleza
Frase célebre de Boecio sobre la búsqueda de la felicidad
¿Por qué buscáis la felicidad, ¡oh mortales! fuera de vosotros, cuando la tenéis dentro de vosotros mismos?
Boecio, Felicidad, Recomendadas
Frase célebre de Boecio sobre la felicidad
¿Quién posee una felicidad tan completa que no tenga algún motivo para estar descontento de su estado?
Boecio, Felicidad
Frase célebre de Boecio sobre el deseo de la gloria
Solamente hay una cosa que pueda seducir a ciertos espíritus superiores que no han llegado aún a la posesión perfecta de la virtudes, a saber, el deseo ...
Boecio, Gloria

Boecio, Gloria
Frase célebre de Boecio sobre la adversidad e infelicidad
En cualquier adversidad de la fortuna, la mayor infelicidad es haber sido feliz.

Adversidad, Boecio




ARISTÓFANES

"Ciegos humanos, semejantes a la hoja ligera, impotentes criaturas hechas de barro deleznable, míseros mortales que, privados de alas, pasáis vuestra vida fugaz como vanas sombras o ensueños mentirosos." (Las aves)

"La desconfianza es la madre de la inseguridad."
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"Los hombres sabios aprenden mucho de sus enemigos."
"Nadie puede hacer que un cangrejo camine derecho."


"Permitidle a cada humano el practicar el arte que domina."
"Todo el mundo sabe que los hombres viejos son dos veces niños."

"Los sucesos malvados proceden de causas malvadas."
"La vida es corta, el arte duradero, la crisis efimera, la experiencia arriesgada, y la decisión difícil.”
"Con las palabras la mente tiene alas." - Las Aves


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LA COSA MÁS DIFÍCIL ES CONOCERNOS A NOSOTROS MISMOS; LA MÁS FÁCIL ES HABLAR MAL DE LOS DEMÁS.



EL PLACER SUPREMO ES OBTENER LO QUE SE ANHELA.

Muchas palabras nunca indican sabiduría.





EL AGUA ES EL ELEMENTO Y PRINCIPIO DE LAS COSAS.

Toma para ti los consejos que das a otros.

TODO ES ANIMADO Y TODO ESTÁ LLENO DE DIOSES.