sábado, 12 de agosto de 2017

COPIAS JORDI

Milón de Crotón y Titormo el etolio hicieron una competición para ver quién se comía primero un toro entero (Ateneo, Banquete de los eruditos 412f).





Filóxeno de Citera pidió una vez a los dioses tener una garganta de tres codos de longitud. <<Es para poder tragar el mayor tiempo posible>>, dijo, <<y disfrutar de todo lo que como al mismo tiempo>> (Macón, Anécdotas 10).

Dicen, en efecto, que Filóxeno, hijo de Erixis, y Gnatón de Sicilia se pirraban por la buena comida hasta el extremo de sonarse la nariz sobre las viandas para disuadir al resto de los comensales y ser ellos los únicos en hartarse de lo que había sobre la mesa (Plutarco, De si está bien dicho lo de <<Vive ocultamente>> 1128b).



La persona carente de modales cuenta, cuando está la mesa comiendo con otros, que ha evacuado por arriba y por abajo gracias al eléboro que bebió para purgarse, y que en sus deposiciones la bilis era más negra que el caldo que habían servido (Teofrasto, Caracteres 20).

SECCIÓN DE PASTELERÍA

Alcibíades envió a Sócrates una gran tarta preparada con mucho esmero. Jantipa [la esposa de Sócrates]consideró la tarta como un regalo enviado por el amado a su amante, destinado a inflamar su pasión, y, en un arranque de cólera, como era propio de su carácter, la sacó de la cesta y la pisoteó. Sócrates se echó a reír y dijo: <<Pues bien, tú tampoco disfrutarás de ella>> (Eliano, Historias curiosas 11.12).  









De esta manera algún cazador y sus otros compañeros urden una trampa para los leopardos que aman el vino puro: eligen una fuente en la que ardiente tierra de Libia, una fuente, que, aun siendo pequeño, mana en un lugar reseco abundante agua oscura, misteriosa e inesperada… Allí, al amanecer, va a beber la raza de las fieras panteras. Y, al anochecer, los cazadores salen acarreando veinte cántaros de dulce vino que alguien, cuya tarea es la custodia de una viña, ha prensado once años antes; y mezclan el dulce licor con el agua, y abandonando la purpúrea fuente se emboscan cerca, cubriendo sus valiente cuerpos con pieles de cabra, o simplemente con sus redes, puesto que no pueden encontrar refugio de roca ni de frondosos árboles, al ser toda la tierra una extensión arenosa y desprovista de vegetación. Las panteras, acuciadas por el ardiente sol, sienten a la par la llamada de la sed y del olor que ellas aman, y se aproximan al manantial de Baco, y con avidez sorben el vino. Al principio todas brincan unas junto a otras como si fueran una compañía de bailarines, pero poco a poco sus miembros se embotan, e inclinan suavemente la cabezas hacia abajo… después un profundo sueño se apodera de ellas y las arroja aquí y allá sobre el suelo (Opiano, De la caza 4.320 y ss.).    

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